Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Ciencia Política
 

  ISSN (versión en línea): 1900-6004 colombiainternacional@uniandes.edu.co    

   
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Para citar este artículoRevista No 36
Título:La reinserción del epl: ¿esperanza o frustración?
Autor:Arturo Alape
Tema: Edición Especial: Seminario sobre procesos de negociación y Paz
Octubre - Diciembre de 1996
Páginas 16-27
   
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La reinserción del epl: ¿esperanza o frustración?

Arturo Alape

Temas Globales


INTRODUCCIÓN

El presente texto, que forma parte de una investigación ampliada[1], intenta ofrecer una aproximación al proceso de reinserción del Ejército Popular de Liberación, EPL.

Desde diferentes ángulos y voces, el trabajo recoge la experiencia de investigación que se realizó en equipo, durante año y medio, en diferentes zonas del país, sobre la base de doce talleres regionales y entrevistas calificadas a dirigentes del EPL, diversos dirigentes políticos, gremiales, gobernadores, alcaldes, representantes de la Iglesia, de las Fuerzas Armadas, funcionarios del SENA, del ICA y periodistas, entre otros, con quienes se estructuró una amplia reflexión sobre la integración de los combatientes del EPL a la vida civil.

Los doce talleres se basaron en una muestra representativa de 450 ex combatientes, número significativo que constituye más o menos el 25% de los 2.000 reinsertados del EPL.

Los principales ejes temáticos de este trabajo giran en torno a los siguientes tópicos: a) el acampamiento, donde se configuran las visiones y expectativas de lo que será la desmovilización y la reinserción; b) la salida del campamento, la dispersión del grupo, y el choque con la realidad en sus dimensiones cotidianas; c) el período de subsistencia, con el auxilio económico gubernamental y la constitución de la opción familiar; d) la formulación y arranque de los proyectos microempresariales, las asesorías, éxitos, fracasos y conflictos surgidos en el desarrollo de los mismos.

El campamento: miradas de incertidumbre

Cuando en las discusiones de un proceso de paz se llega al acuerdo del acampamiento de las fuerzas insurgentes, esa decisión es, de por sí, un compromiso entre las partes para conducir el proceso hasta el final. Este acuerdo difícilmente podría tener un retroceso, ya que, de haberlo, traería funestas consecuencias en lo militar y político para ambas partes. Es la concreción de algunos aspectos de la agenda que se discute; y como repercusión inmediata, crea un estado de confiabilidad ante la opinión pública. Además es una demostración, por parte de la dirección de la insurgencia, de su capacidad de mando y de la cohesión y obediencia de sus hombres para acatar la decisión. Un cambio total de mentalidad y de concepción en la propia dirección y en la base del grupo insurgente, de pasar de la trashumancia permanente a una situación de quietud de la fuerza y dar comienzo en la práctica a un nuevo discurso: el de la paz. Así lo explica el ex comandante Rafael Kerguelén:

    Lo más positivo es que el campamento se convierte en una etapa previa a la desmovilización; la gente, al llegar al campamento, está desmovilizada, para hablar en términos precisos; pero no se desarma. Es el comienzo y están dadas las mejores condiciones para cimentar la nueva etapa que viene, están los temas que puedes abordar, hay una etapa de descanso, no existe ese acoso militar permanente...

El gobierno se compromete a crear las condiciones adecuadas de seguridad en lo militar y en lo logístico para que el acampamiento cumpla con sus objetivos. La población civil tendrá que aprender a convivir sin que esté señalada como víctima, en un extraño contexto de "transición" hacia la paz, en que históricos enemigos ahora se miran, se vigilan a una prudente distancia y no disparan sus armas.

En los campamentos se gesta una rica y profunda experiencia humana, social y política, antesala inmediata que presiente o prevé lo que será la desmovilización y desarme del grupo insurgente, el reencuentro con una sociedad, que antes, cuando se estaba en el monte, se quería transformar por la vía de la revolución armada. La incertidumbre individual y colectiva será la sombra acompañante hasta la finalización de las conversaciones y la firma de los acuerdos. Después vendrán las paradojas mediatizadas en tantas miradas de esperanzas: reencuentros y desencuentros familiares, frustraciones sociales y políticas, reconocimiento de una realidad profundamente desconocida, en muchos de sus ámbitos.

La decisión de acampamiento de los frentes del EPL se asumió durante el proceso de conversaciones entre el gobierno del presidente Gaviria y el mando central de los insurgentes, decisión que estuvo sujeta a los vaivenes y tensiones que se dieron en diversas etapas, durante las mismas conversaciones. Se llegó al acuerdo de la instalación de diez campamentos y se convino que después de dos meses se reducirían a seis. Los iniciales eran dos en Urabá, dos en Córdoba y uno en Norte de Santander, Guajira, Bolívar, occidente de Antioquia, Putumayo y Risaralda. La comisión negociadora se desplazó en helicóptero hasta Córdoba e instaló en la población de Juan José, municipio de Montelíbano, el campamento principal. Allí estaban ya concentrados la mayor parte de combatientes del EPL en la región.

En los traslados hacia los sitios escogidos, en el interior del grupo insurgente comenzaron a darse contradicciones ocasionadas por el mismo desarrollo de las conversaciones. Aún no se consolidaba en el grupo una unidad total de cuerpo, especialmente por influencia de los liderazgos regionales.

El peso inicial de la incertidumbre, de las dudas y la desconfianza ante una situación nueva y tensa no permitía vislumbrar la proximidad de una solución definitiva sino que, por el contrario, generaba nuevos problemas.

Surgió por inercia un proceso de deterioro y descomposición militar de la fuerza: el aburrimiento, las complicaciones, la nueva relación de los combatientes con la comunidad. En cada frente se fueron configurando condiciones específicas para al acampamiento y para buscar la solución adecuada de sus problemas.

En los anteriores campamentos guerrilleros, sujetos al devenir de la guerra y la trashumancia del grupo, se daba un particular tipo de vida cotidiana: la imposición de un orden jerárquico, la sujeción a la orden y a la voz de mando. En el nuevo campamento, en medio de una atmósfera de ambigüedades, las negociaciones se desarrollaban por lo alto en la mesa; la base de combatientes aún no tenía claro que el acampamiento terminaría en la decisión de la desmovilización. Ellos tampoco tenían en claro que su vida comenzaba a cambiar de rumbo definitivo. Se les había preparado mentalmente para afrontar una prolongada guerra en la lucha por el poder; ahora se les colocaba en medio de una alambrada de incertidumbre y la tediosa espera que le daría, a la postre, un poco más de claridad a sus miradas y a sus posibles proyectos de vida. Las direcciones de algunos frentes se plantearon, como tarea prioritaria, conocer a fondo al conjunto humano de los combatientes sus orígenes y conocimientos académicos, sus experiencias laborales y sus mundos vivenciales para poder vislumbrar y planear el papel que éstos jugarían en el proceso de reinserción que se avecinaba. Los datos que se habían vuelto secretos en la vida del monte eran ahora los necesarios, los que en las nuevas circunstancias los legalizarían en aquella sociedad que con tanto ahínco habían combatido. Era como volver a mirarse dentro de sí mismos, regresar la mirada hacia el pasado y descubrirse otra vez en lo que se había sido hasta el presente y mirar con cierto optimismo hacia el futuro.

No todos los combatientes ingresaron en la guerrilla por una razón determinada. En esa decisión, tan personal y definitiva en la vida de un hombre, interviene una diversidad de causas sujetas a circunstancias muy específicas de quien asume esa decisión. Teodoro Díaz, ex comandante, tiene su propia explicación del fenómeno:

Uno se metió a la guerrilla porque le gustó una guerrillera, porque le gustaba el monte y el uso de las armas, también por el impulso de una vida de aventura, y le atraía la vida difícil; uno se metió al monte de pronto pensando en unos ideales para luchar por una sociedad más equitativa...

Seis meses antes de que sucediera la desmovilización, en el campamento de Campo Giles, en Norte de Santander, se realizó una investigación que se preguntaba: "¿Quiénes éramos y quiénes eran nuestros compañeros...?". Se quería conocer en esencia el potencial humano con el que se contaba para dar ese paso de tanta trascendencia que significaba la desmovilización. Alfredo Cañizales, una de las personas que realizó la indagación, cuenta lo siguiente:

    En medio de la investigación y de trabajar en las conclusiones que el Corpes financió, le daba a uno escalofrío de conocer quiénes éramos nosotros. Fue cuando comenzamos a conocer cuál era la realidad del potencial humano de la guerrilla. El 75% de los hombres que había en nuestro campamento escasamente había cursado hasta tercero de primaria, un 5% había cursado bachillerato, un 2% tenía universidad... A la pregunta: "¿Usted por qué ingresó al EPL?", las respuestas eran de este tono: "Ah, no sé. Yo estaba trabajando y pasó el EPL y me fui...". "Oiga compañero, ¿por qué el EPL?", "No, si hubieran pasado los elenos primero, me hubiera ido con los elenos...".

La investigación que se realizó con los ex combatientes del frente Libardo Mora Toro, en el Norte de Santander, que aplicó una encuesta a la población inmersa en el proceso (165), arrojó los siguientes resultados: el 24,2% de los combatientes era analfabeto. El 33,3% dejó inconcluso sus estudios primarios. El 12% había culminado el ciclo de la educación básica primaria. El 19,3% inició sus estudios secundarios pero no los culminó. Eran personas que residían en zonas urbanas como Cúcuta, Bogotá, Bucaramanga, Barrancabermeja, Ocaña y Medellín. El 3% de los combatientes completó sus estudios secundarios; todos habían vivido en ciudades. Sólo un 6,6% había tenido acceso a la educación universitaria y se encontraba estudiando en áreas de ingeniería y ciencias sociales cuando decidió entregarse de lleno a la lucha guerrillera. En su mayoría ocupaban rangos importantes dentro de la organización: mandos regionales, voceros políticos y comisarios políticos.

Un dato muy revelador y similar al anterior, sobre los niveles de educación de los ex combatientes en el campamento de Juan José, lo reveló uno de los participantes en el taller de Montería:

    En el EPL, en Córdoba, teníamos 60 analfabetas, más o menos; alrededor de unos 170 hombres con primaria incompleta, con primaria completa podríamos tener 40. Con secundaria incompleta de pronto había 35 y con secundaria completa había 4 o 5. La universidad la habían pisado dos combatientes y no la terminaron. Es la situación de educación que tenemos cuando se inicia el proceso de paz y de negociación, el período de la distensión...

La investigación realizada en Campo Giles revela en su indagación otras interesantes informaciones, que dan un amplio espectro de la composición humana de los campamentos: la edad del 69,6% de los combatientes fluctuaba entre 15 y 25 años. La mayoría eran de extracción campesina, habitaban en zonas de violencia y padecieron los rigores de la guerra. Las zonas donde vivían eran tierras olvidadas por el Estado; económica y socialmente se encontraban en una situación de desventaja. La guerrilla aparece denunciando injusticias y proponiendo un modo de combatirlas, reivindicando la lucha armada como único camino para los desprotegidos, y como forma de que los explotados lleguen al poder. Entonces, el joven que no tiene una gran capacidad de análisis acepta unirse a la guerrilla, no por convicción política sino porque es la única alternativa diferente que se le presenta en la vida. Además, ser guerrillero le da cierto estatus dentro de la región y se empieza a sentir valorado y respetado por su gente.

El 16,9% de los combatientes se encontraba en un intervalo de edad entre los 25 y 30 años. Algunos de ellos, por su experiencia, habían ocupado rangos importantes en la organización. El 9,1% tenía un rango promedio de edad de 30 a 35 años. En su mayoría tenían responsabilidades dentro de la organización.

El 1,8% se encontraba entre los 35 y 40 años, y el 2,4%, entre los 40 y 55 años. Eran los combatientes más antiguos de la organización; habían sido los fundadores del frente Limoto. El 67% de los combatientes eran hombres. El 33% eran mujeres, la mayoría de extracción campesina. El 73% de los combatientes tenía orígenes campesinos y provenía de lugares apartados de los departamentos de Santander, Norte de Santander y sur del Cesar. El 27% restante era de origen urbano: Cúcuta, Bucaramanga, Medellín, Bogotá, Ocaña. Un 65% de los combatientes se dedicaba a la agricultura; 15% estudiaba en colegios y universidades; 3,5% conducía tractores, camiones y carros; por último, 5% realizaba labores que requerían mayores conocimientos técnicos, como electrónica, computadores y docencia.

Estos datos, aunque están sólo relacionados con dos campamentos Campo Giles y Córdoba, recogen en esencia la composición humana del EPL en el país. En resumen, el personal que llega a los campamentos es en su mayoría de origen campesino; tiene una base social de bajo desarrollo académico y laboral y hay un pequeño grupo de dirigentes en su mayoría citadinos y mejor preparados para asumir la reinserción posterior. En el campamento se marca la profunda diferencia que caracteriza la reinserción vivida y experimentada, entre la base y la dirección del EPL. Dos visiones distintas, dos experiencias distintas en ámbitos totalmente diversos.

En los campamentos se reflejó el estado expectante que debieron vivir los combatientes del EPL antes de dar el paso crucial de la desmovilización y enfrentar la realidad del proceso de reinserción. Hicimos una primera pregunta en el taller de Urabá, con la intención de penetrar a ese mundo de los combatientes que febrilmente estaban viviendo la experiencia del campamento: "¿Ustedes qué visión tenían del país?". La respondieron muchos "acapamentados" y reinsertados que hicieron parte de la organización política en los pueblos y ciudades:

    Vivimos en un país capitalista y ese país capitalista tenemos que reemplazarlo con otro modelo, que en ese momento significaba la lucha por el socialismo. Se tenía la idea de que se debía derrotar a la burguesía, principal clase social que estaba explotando al pueblo.

Al ampliarse la discusión sobre la desmovilización y la reinserción posterior, se expresaron ideas que descubren muchos vacíos de información durante el proceso de las negociaciones. Los ex combatientes no conocían a fondo lo que se estaba negociando y lo que se venía manejando en la mesa. Incluso en el mismo campamento de Pueblo Nuevo se produjo malestar y hubo personas que desertaron. Se sabe que dentro del mando militar y en las filas del partido no existía unidad, por la diversidad de opiniones e intereses propios; cada mando pensaba manejar su sector de influencias para alcanzar una determinada cantidad de votos y quedar en la dirección del partido y del EPL.

En el campamento hubo intensos debates en todos los niveles. Se trataba de una fuerza que había desmontado su proyecto militar y que ahora creía aunque no todos sus miembros que la solución política debía buscarse por otros medios. Vendrían los tiempos de incertidumbre en un complicado proceso de transición humana, que sirvió para que muchos ex combatientes hicieran una revisión a conciencia de lo que habían sido sus propias vidas, como un pasado no muy lejano.

La guerrilla no estaba acostumbrada al acampamiento, y cuando esto sucede, el ocio se vuelve destructivo, devastador por sus efectos negativos. Cambia absolutamente su concepto de vida trashumante, que tiene momentos de vida en cercanía de la población civil, lo mismo que el intenso y corto tiempo del fragor de los combates. El tiempo que más duraba la guerrilla en un sitio era de cuatro a ocho días, porque era móvil, por las circunstancias de la guerra. El tiempo de laxitud improductiva en los campamentos debía resolverse de una forma creativa que sirviera de formación para el personal. Había que preparar a los ex combatientes, los que habían vivido de verdad como experiencia la guerra y los recién llegados, quienes la habían vivido como fantasía sin haberla hecho. Se trataba de vislumbrar las nuevas perspectivas, de sacar a la gente del mundo real o imaginario de la guerra, que había quedado o estaba quedando a las espaldas, como su propia antigua realidad. Para el ex comandante Carlos Mario Franco era imposible preparar a la gente en los campamentos porque no se tenía ningún modelo de reinserción, el gobierno tampoco lo tenía y, en el comienzo de las conversaciones, las iniciativas que se pensaban en la marcha, el gobierno las bloqueaba. Entonces la gente vivía más a la expectativa de lo que iban a hacer los mandos y a esperar el helicóptero que llegaba al campamento para ver qué nuevas noticias traía.

    Explica Carlos Mario Franco que somos nosotros mismos y no por iniciativa del gobierno eso se vio en todos los campamentos los que comenzamos a programar planes de educación, de alfabetización con alguna gente de la organización que tenía experiencia en pedagogía, llamamos a algunos profesionales, sociólogos, psicólogos para que hablaran con la gente.

Pero siempre les produjo temor en las relaciones matutinas diarias tener que decirle a la gente que iban a entregar las armas. Eso era como un tabú, despertar heridas, destruir sueños, porque el combatiente decía: "hermano es que entregar estos fierros que nos han costado sangre, que mire, que esto". "Entonces le tocaban a uno esa parte humana, ya uno se abstenía un poco, ¿sí?", agrega Franco.

Carlos Mario Franco reconoce que una de las cuestiones más positivas del proceso en los campamentos es que volvió a sus integrantes más democráticos. La base guerrillera tenía más opciones de escuchar y participar en discusiones mucho más amplias, conocer detalles del desarrollo de las conversaciones, identificar los problemas más candentes en algunos campamentos. Para los combatientes la información se volvió una cuestión vital. Franco comenta:

    Cuando se dieron las decisiones en el campamento de Labores, en Norte de Santander, nosotros reunimos a la gente y le dijimos: "Nos llegó este parte. Desertaron tantos hombres, gente que no estaba convencida del proceso". Se comunicó la noticia al personal, sabiendo que uno tampoco estaba totalmente convencido del proceso. Se realizó una asamblea donde dijimos: los que no compartan el proceso lo pueden manifestar aquí, no los vamos a fusilar ni mucho menos y se pueden ir pa' la casa.

En una encuesta realizada en Norte de Santander, los combatientes del frente Limoto expresaron sus preferencias de áreas de capacitación: confecciones, calzado, mecánica, conducción, comercio, agricultura, ganadería y medicina. Algunos querían volver al campo a trabajar la tierra, pero otros se negaban y querían quedarse en la parte de mecanización, de tractoristas. En la encuesta había 35 personas del campamento que querían seguir trabajando en seguridad y querían ser jefes de seguridad y escoltas de los comandantes, no querían desprenderse del arma y de la antigua formación y actitud como militares. Estos oficios descubrían deseos recónditos para un futuro incierto, pero como deseos descubrían entre los propios combatientes su propia realidad de impreparación para afrontar cualquier futura propuesta laboral.

En el taller de Urabá, un participante dijo una verdad con cierto sabor de amargura, en relación con su experiencia educativa en el campamento:

    A uno no lo prepararon para hacer un acuerdo, a mí me prepararon fue pa'ser guerrillero, a mí no me prepararon pa'que después de que saliera de allí, fuera a administrar una empresa. Es muy berraco convertir un guerrillero de un día a otro en un empresario...

Esta afirmación demuestra la existencia de evidentes vacíos en la preparación. La razón radica en que lo fundamental en ese momento en los campamentos era la culminación de los acuerdos, según el tire y afloje de la agenda acordada con el gobierno; se desconocía el significado de un proceso de reinserción. También había vacíos en la preparación por el triunfalismo de los cuadros dirigentes del EPL, que pensaban y soñaban que la decisión política de la desmovilización les traería en el futuro inmediato realidades de nuevos y amplios espacios políticos. Además, pensaban que serían pieza vital en la inmediata transformación del país. Vivían en un mar de optimismo, influidos por la experiencia triunfante, en ese momento, de la Alianza Democrática.

En el XIII Congreso del PC ML en Pueblo Nuevo y la IV Conferencia del EPL en Juan José se presentaron las discusiones finales sobre el acuerdo con el gobierno, haciendo énfasis en la participación en las deliberaciones de la Constituyente, y en un intenso debate a finales de 1991, en torno a la desmovilización. Hubo discusión y propuestas específicas al preacuerdo en todos los campamentos: la firma del acuerdo final, el 26 de febrero de 1991, la agenda de compromisos, el inicio del inventario de armas y las circunstancias que condujeron hasta el desarme de todos los frentes y la supresión de los campamentos. Rafael Kerguelén recuerda:

    Fue una conferencia democrática, sin ningún tipo de manipulaciones ni de intervención de la comandancia; asistieron más de 200 delegados. Fue unánime la decisión de dejar las armas, la discusión más general era sobre aspectos que no se manejaban mucho, que si amnistía, que si armisticio, que si indulto. Alguna gente decía que no debíamos entregar las armas sino guardarlas, hacer un armisticio, pacto de no agresión, que la experiencia de Venezuela... Y lo otro que se discutió a ciertos niveles se relacionaba con los alcances de los acuerdos políticos, la participación en la Constituyente. Lo fundamental fue que la gente estuvo de acuerdo en que se dejaran las armas y que había que jugárnosla y plantear el aspecto político. La discusión se centró en el proyecto político a cambio de la desmovilización, pero la reinserción como concepto claro y definido no se manejaba, tampoco en la mesa de negociación se manejaba la cuestión...

"Dejamos de ser colectivos para volvernos individuales..."

Hoy, después de cuatro o cinco años transcurridos desde el 1 de marzo de 1991, los ex combatientes viven un tiempo de transición en un presente para mirar lo que tienen por delante, no como la simple ilusión que se sueña sino como la brutal realidad que tiene muchas sorpresas agazapadas. Enán Lora, ex comandante del EPL, recuerda:

    Ahora, ante la desaparición de la guerrilla, se pierde toda una simbología construida con la masa. Si bien, en cierta forma, ahora nos podemos integrar más a la sociedad es distinto y lo será bajo interrogantes muy grandes, que no están resueltos para ellos ni para nosotros.

Los que hicieron la guerra, no como ilusión fantasiosa sino como una realidad de frente a la respiración de la vida y el asomo del rostro de la muerte, son los actores y testigos que ahora hablan de la desmovilización. Como precisa el ex comandante Darío Mejía:

    Ésta trae consigo la terminación de las estructuras. Se acaban las jerarquías, las órdenes y los privilegios, etc. Es una nueva forma de enfrentarse al mundo. La clandestinidad acaba y con ella las otras identidades, las otras viviendas, los viajes y los supuestos trabajos; todo empieza a ser la vida normal del ciudadano; hay, quién lo creyera, que acostumbrarse hasta al propio nombre... Es el momento en que el combatiente recupera su individualidad. Ésta, duramente golpeada por la estructura de mando y por la vida comunitaria de la guerra, lleva a que los hombres reivindiquen su yo como aporte del propio proceso de desmovilización; para el individuo no es clara ya la orden de mando, gana en personalidad y autoestima y empieza a reconstruir su vida...

    Rafael Kerguelén regresa por los recuerdos:

    Uno lo que añora, lo que le hace falta es el ambiente que se vive en la guerrilla, la solidaridad, el compañerismo frente a las cosas, el espíritu de grupo, donde en realidad uno no tenía nada pero lo tenía todo...

    Claudia Capera recuerda que los valores del grupo se expresaban

    como en un cariño muy grande que se refleja en la vida en la guerrilla, se comparte la comida así sea poquitica, la comida se reparte en partes iguales, no sólo por disciplina sino porque es así, ya por la costumbre y la convicción. Por ejemplo, el trato con los heridos era un trato humanitario de mucho afecto y mucha ternura. No necesariamente un compañero muerto era llorado. Pero sí había una forma de vivir esos duelos, diferente a la cristiana. Al morir un compañero en combate, el cuerpo se recuperaba, no importaba las dificultades, se enterraba; eso tenía un significado muy especial...

Muchos de esos valores se fueron perdiendo en un proceso de descomposición humana en el que el dinero de los secuestros jugó un papel nefasto. Frente al poder ilimitado del dinero, nada o poco se opone, especialmente en una situación de aislamiento en que poseerlo y gastarlo denota una expresión de poder individual. La guerrilla se había convertido en un inmenso vientre materno. Al guerrillero se le cumplía con sus necesidades básicas dentro la estructura militar: su equipo, dos mudas de ropa, sus zapatos, sus medias y sus interiores, su jabón y cepillo, su arma de dotación.

Según Darío Mejía, en la guerrilla había un valor muy grande, el respeto al mando y del mando al combatiente; había una integración muy grande. Él piensa que "nosotros pasamos a reemplazar a las familias, hacíamos las veces de padres. Había un sentido de la justicia"; la gente tenía la posibilidad de decir en las asambleas lo que pensaba, podía criticar incluso al mando.

Para Claudia Capera, la cuestión de la democracia en la guerrilla no era una cuestión tan transparente, en general. Lo explica críticamente, de una manera muy sencilla:

    Hubo épocas en que se sostuvo que el centralismo democrático quería decir que había períodos de centralismo y períodos de democracia. Los períodos de democracia eran los eventos, las conferencias, los plenos. Todas esas formas organizativas creaban como espacios de discusión. Después continuaban los espacios del centralismo, de la orden de arriba hacia abajo, del control de arriba hacia abajo para el cumplimiento de las tareas.

En la vida de una organización guerillera como el EPL se establecen fuertes relaciones de dependencia en el colectivo, de compartir y colectivizar todos los bienes materiales y afectivos. No hay vida privada; hay desprendimiento del espacio en todo lo que éste puede implicar; debido al riesgo y acecho constante de la muerte, es necesario desplazarse constantemente para evadir al enemigo. Tal movilidad produce inestabilidad; se está pero no se está al mismo tiempo; sólo se está a la espera de cumplir la orden, en la disposición total de las necesidades de la organización, situación que refleja una visión del mundo en el presente, en el momento vivido. No se puede vislumbrar el futuro, todo puede sobrevivir o no: en un tiempo muy presente.

Reingresar en la sociedad civil es como si el ex combatiente volviera a conocer su propia identidad, descubre secretos de su individualidad, antes opacados y ocultos por lo colectivo; es el comienzo de la responsabilidad de valerse por sí mismo. Es un hombre que no sabe ordenar lo que debe hacer. No sabe cómo actuar individualmente. Antes de hacerlo se le crea un vacío mental y un nudo en la garganta. Da la impresión de caminar con pies prestados, mientras está esperando la voz de mando que de pronto le dará la orden, para encontrar la solución esperada. Es un hombre que sufre todo un reacondicionamiento mental y social. De nuevo, el reconocimiento de su propia soledad como ser social, en un entorno social, psicológico y político distinto, incluso hostil en determinadas circunstancias.

La reinserción introduce un nuevo mapa humano geográfico que dispersa a los ex combatientes; es incierto porque se crea en condiciones de dificultades psicológicas, sociales y materiales en la proyección de una actitud definida de vida. Y en lo político, como un quehacer diario, sólo queda el vacío ante la espera de afianzar el proyecto individua 1 familiar. Los que no olvidan antiguos ideales del grupo armado miran hacia la futura actividad política. Los otros simplemente se pierden en los laberintos dramáticos de la vida citadina, que tiene como signo presente la fuerza atrayente de una individualidad plena de egoísmos.

El grupo guerrillero no es homogéneo ni durante su permanencia en el monte, ni en el momento de la desmovilización. Es un grupo humano que debe asimilar en poco tiempo esa doble experiencia, por cierto traumática, mundo guerrillero-mundo de la sociedad civil y sólo desde su formación personal, incipiente o desarrollada en sus niveles, asume consciente o inconscientemente la reinserción como un reto individual de proyecto de vida. Es en ese momento crucial, en el cruce del puente entre la vida de guerrillero y la vida de desmovilizado, cuando el reinsertado necesita una ayuda, el acompañamiento psicosocial que lo oriente en ese mundo complejo de lo familiar-social-económico y político que debe afrontar. Esta orientación no funcionó como conjunto en el proceso de reinserción del EPL, que debió ser implementada en una definida y estudiada política institucional.

Los ex combatientes salieron de los campamentos con un sueldo de $75.000 (mensual) y duraron casi un año devengando ese sueldo; después vinieron los dineros de los proyectos pero la gente ya estaba desorganizada, dispersa. Son muchas las causas de esas rupturas. Una razón, se expresó en el taller de Montería, se debió a la desvinculación política que hubo dentro de la organización.

Era el reconocimiento de una individualidad que estaba perdida, en la que el egoísmo de lo mío no existía. Ahora, para poder vivir, se debía defender lo que "es mío". Una defensa a ultranza, sujeta al salario que daba el gobierno, sin ninguna expectativa, por cuanto se estaba enfrentado a ese mundo feroz de la competencia laboral sin ninguna preparación para hacerlo.

Los ex combatientes encuentran un eje que los equilibra emocionalmente, un eje que les da nuevos alientos, que impide que muchos terminen en la desesperanza y aislamiento absoluto: la recomposición de la familia, el reencuentro con la familia que se había abandonado por cuestiones políticas, el reencuentro con la familia que siempre había estado esperando el momento del regreso, la fundación de la nueva familia, que comienza con los hijos que se engendran en los campamentos. Esa situación los coloca en una actitud de responsabilidad personal, que implica luchar por la creación de los medios de subsistencia.

Son muchas las reflexiones de los ex combatientes en ese enfrentamiento consigo mismos. Mundos individuales complejos y contradictorios; mundos individuales que intentaban unir los fragmentos dispersos del ser social. Muchos asumieron, entonces, con valor las rupturas de todo tipo.

En los primeros meses de la reinserción vieron sus rostros en el espejo del agua que corre, y ahondaron en sus propias miradas y encontraron ciertas imágenes en momentos de oscuridad. Un ex combatiente explica:

    todos esos aguijonazos que en el pasado nos clavamos en el alma, surgieron a partir de que nosotros iniciamos este proceso de reinserción y hemos caminado con dificultades unos, otros a base de tesón y berraquera y sin atención psicosocial, pero hemos ido venciendo progresivamente todos esos factores adversos...

Rehacer la vida individual fue la gran enseñanza del primer periodo de la reinserción. El afianzamiento de ese proyecto de vida comenzaría con las propuestas de los proyectos productivos. Rogelio Henao hizo, en el taller de Medellín, una formidable síntesis de ese periodo de transición que vivieron los reinsertados en los primeros meses, después de dejar los sueños acantonados en los campamentos: "Es que dejamos de ser colectivos para volvernos individuales...".

La reinserción económica: proyecto de vida

El proyecto económico concomitante a los acuerdos de paz adquirió para el reinsertado la dimensión de un proyecto de vida, después de pasar por la experiencia paternalista del núcleo guerrillero que le proporcionaba una especie de salario y de haber percibido la hostilidad y desconfianza de la sociedad civil y, lo peor, después de percibir con impotencia el desplome del proyecto político y de vida que habían construido en la montaña. A partir de este momento, los ex combatientes empezaron a protagonizar las luchas por la supervivencia. Era el comienzo de la otra dura realidad, convertirse en seres sociales laboralmente productivos, y debían confrontarlo desde ellos mismos, a partir del fondo de su propia individualidad. Las soluciones colectivas ahora eran una imagen perdida entre los recuerdos de la vida del monte.

En la reunión con funcionarios de Progresar (Cúcuta), delegados del Sena, el representante de Dancoop y dirigentes de los reinsertados, se lograron establecer, como reflexión general, las fases que se dieron en los primeros proyectos económicos. La mayor preocupación entre los reinsertados en el Norte de Santander, cuando comenzaron a discutirse los proyectos económicos, consistía en el deseo de querer trabajar en algo fácil que les produjera dinero de inmediato. No imaginaban las dificultades que tendrían en el futuro, al tratar de consolidar cualquier proyecto económico en que se vieran involucrados. Lo fácil y lo menos recursivo, era pensar en montar una tienda o manejar un taxi. Nadie hablaba de meterse en un proceso productivo difícil y complejo. La dificultad radicaba en que la mayoría de los ex combatientes no tenían experiencia laboral, ni un oficio definido. Luis Sanabria explica ese momento del proceso:

La gente no sabía ningún arte. Se comenzó entonces por preguntar a los reinsertados: "¿Qué arte sabe, qué le gustaría hacer?". Una persona después de 10, 8, 5 años de vivir en la guerra, enmontada, pierde la noción del trabajo productivo, la guerra no le da tiempo de formarse en una profesión. Entonces se le preguntaba: "¿Además de que le guste el campo, qué otro oficio le gustaría tener? ¿Zapatería, panadería?", pero pocos respondían. No conocían el oficio de la zapatería, la panadería, tampoco conocían una industria, una fábrica... En síntesis, la formación de nuestra gente fue para la guerra y no para la paz...

En la sociedad se encuentran con una serie de dificultades: los trámites legales, la terrible tramitomanía, la extenuante espera. Vienen los distanciamientos entre la base y los dirigentes de la organización. "Los dirigentes se habían dedicado a su propia reinserción económica y personal, olvidándose de sus viejos subalternos...", señalaron algunos participantes del taller de Cúcuta.

Por supuesto, este hecho desdice mucho de la formación y educación política recibida años atrás en los grupos. Para un observador de la vida política colombiana, que tiene en su mente la imagen del guerrillero izquierdista tradicional, lector de textos marxistas y formado a través de principios, puede resultar inimaginable la existencia de dirigentes con mentalidad estrecha y egoísta. Pero es menester entender que el EPL era una organización guerrillera surgida de los desequilibrios y conflictos de la vida colombiana. De aquí, el valor que posee la dimensión humana y autocrítica de esta experiencia de reinserción.

Muchos combatientes campesinos se negaron a regresar al campo, no querían volver a vivir la experiencia de pasadas penurias, querían vivir bajo el espejismo de la ciudad. Era el sueño individual ansiado y, a la vez, la ampliación del fenómeno de la despoblación del campo. Y sucedió también algo extraño: los combatientes urbanos comenzaron a pensar en proyectos en el campo. Por ejemplo, los que están en el proyecto de Oropoma, casi todos son de la ciudad. Lo mismo sucedió con el proyecto de San Juan. En su mayoría, los ex combatientes estaban ansiosos y desconfiados ante el gobierno y sólo querían los dos millones de pesos: "Yo quiero los dos millones, yo quiero ya es la plata, ¿cuándo nos la van a dar?". Pero no se planteaban la cuestión de la inversión, no se tenía una visión a largo plazo. Se vivía la agitación de algo que se pensaba que era coyuntural y no la concreción de un proyecto de vida a largo plazo.

Al producirse la desmovilización la relación humana cambia, el ex guerrillero es una persona con nombre propio, que tiene familia y un pasado con sus antiguas y nuevas costumbres y sus hábitos; atrás ha dejado el seudónimo. Se han producido profundos cambios en su visión del mundo, lo mismo que en su mentalidad, y ha comenzado a crear un nuevo sentido de lo que significa la cotidianidad laboral. Un ex combatiente cuenta su experiencia:

    Entonces yo me asocié con un compañero sin conocerlo y fue cuando comenzaron los problemas: yo no sabía que al hombre le gustaba el ron o le gustaban los prostíbulos, que tenía la costumbre de beberse la plata allá. Emergieron las características de cada uno, pero en otro medio, ya podía hacer lo que quisiera, porque no estaba bajo el mando militar. Era un hombre libre, no obedecía órdenes. Son circunstancias en que se conoce gente que no le gusta trabajar o gente que le gusta el dinero fácil...

Afuera, en la sociedad civil, las relaciones con los antiguos compañeros cambiaron y salieron a flote muchos de sus defectos, defectos que la guerrilla nunca curó... a pesar de la educación y de una ideología y una orientación política que todo lo tenía resuelto, incluyendo las contradicciones sociales y los conflictos del individuo.

Comenzaron a proliferar las tiendas y micromercados. A los tres meses se estaban recogiendo los estantes. Muchos de los socios se aparecían con una canasta para llevar el mercado de la semana, pero nunca estaban en el trabajo diario. Consumían pero no producían. La otra cuestión que se presentó es que en el propio campamento hubo proliferación de hijos, y cada combatiente al salir pensó en organizar su familia. Con los dos millones compraron televisor, nevera, muebles de sala. "Entonces, de los dos millones, en el primer machetazo se fueron 500 o 600 mil pesos..., el resto lo dejaría en la posible y futura inversión del proyecto", decía uno de los ex combatientes.

Quizás toda esta situación se explique por los lastres de la vieja cultura. Si se reconoce en principio la lentitud de la transformación de las estructuras de pensamiento y la inercia de las estructuras mentales, que no son modificables de la noche a la mañana, no se puede omitir el problema de la persistencia de problemas culturales.

Éstos hacen difícil no sólo el tránsito a la vida civil y el "reencuentro" con la sociedad, sino el curso hacia un nuevo proyecto de vida donde predomina justamente lo que se aspiraba a cambiar. Con esto se quiere subrayar también que, a pesar de todos los anacronismos y errores, el proceso de reinserción expresa realidades y limitaciones sociales ancladas en la sociedad colombiana del presente, y particularmente en sus regiones.

La concepción de empresa grande que le solucionara a la gente el problema de un salario, trabajo estable, rentabilidad a su pequeña inversión y cumpliera una labor de función social en la comunidad, nunca fue posible realizarla. Se continuó con la experiencia del trabajo individual y en algunos proyectos colectivos, con éxitos y fracasos. Se montaron los proyectos sin un estudio previo. Siempre se ha dicho que no había tiempo de conocer cómo estaba el reinsertado, el hombre en términos individuales, en relación con los conflictos personales y familiares, además de su experiencia sobre la relación con los compañeros que convivieron en el proceso de lucha.

Sobre los factores que han incidido en el éxito, o por lo menos en el no fracaso de aquellos proyectos productivos que se sostienen, se dijo que han sido las condiciones de preparación académica de los integrantes y su independencia laboral, sobre la base del ejercicio de su profesión o la tenencia de otro empleo, las que han garantizado su éxito.

Si algo parece evidente como falla grave en los comienzos de la reinserción económica, fue la ineficacia de la asistencia técnica en la formulación, acompañamiento y desarrollo de los proyectos, en muchas de las regiones. La asesoría de las entidades contratadas para prestar asistencia a los proyectos empresariales ha sido deficiente y discontinua, se dijo en el taller de Cartagena y Bolívar. Las entidades asesoras no adelantaron un seguimiento de la evolución de las distintas empresas. Se criticó, por parte de todos los participantes en la evaluación, la gestión de Corfas como entidad asesora de los proyectos, anotándose que su papel se redujo a dar el aval a los proyectos para que éstos pudieran recibir los desembolsos gubernamentales.

El reto individual consistía en algo obvio, pero para algunos inalcanzable: el éxito de su proyecto dependía de su propio esfuerzo. Ya no tenía a su lado al dirigente que lo estuviera orientando en todas las circunstancias de su vida. En cuanto a la concepción de la reinserción económica, se tuvo una grave omisión al no verla como un proceso que involucra no sólo individuos, sino individuos con sus respectivas familias. No se consideró, en este sentido, que el ex combatiente y su familia tendrían determinadas necesidades de subsistencia mientras su proyecto empezaba a arrojar ganancias:

    Parece que no se miró que el reinsertado tiene una familia. De ahí el endeudamiento. Cuando vino el préstamo, ni siquiera fue para invertir sino para las deudas que se tenían...

En Medellín se anotó, a la luz de la experiencia de Coomansa, la pertinencia de integrar lo económico productivo con otras necesidades de la reinserción: de identidad personal, d integración social, de ubicación y de seguridad en cuanto a vivienda, que era el problema prioritario, etc.

Los reinsertados reconocen que no fueron lo suficientemente objetivos en la elaboración de los proyectos económicos; en palabras de un ex combatiente, ésta es

una de las causas que hacen que hoy muchos de los proyectos estén quebrados. La intención no era "de esto voy a vivir los próximos cinco o seis años", sino que la intención era "que nos den los dos millones de pesos que nos prometieron y lo logramos...".

Muchos de los ex combatientes no entendieron que con la reinserción económica no se convertían en hombres no combatientes, sino en civiles comunes y corrientes, con la preocupación fundamental de la subsistencia. Empezaron entonces por adquirir otro lenguaje, un lenguaje que les permitiera entenderse con los otros, en una sociedad donde impera la competencia.

Los proyectos carecieron de realismo desde un principio porque no correspondieron a una realidad, se dijo críticamente. Quizás obedecían a otra realidad humana distinta, cerrada y compacta, que buscaba solucionar problemas individuales a sus propios compañeros.

En Cali se expresa cierto orgullo porque varias de las empresas creadas se mantienen y demuestran eficacia. Se presenta "Topacio. Diseños y Jardines" como una empresa altamente eficiente y competitiva (se le compara, por ejemplo, con la misma Emsirva). Se destaca también la labor de Construcali, Confecciones Garco y Cerería San Jerónimo, una fábrica de velas esotéricas, aunque, para el caso de la primera, se anota el insuficiente compromiso de varios de los socios con su proyecto, en particular con un mejor conocimiento y manejo del oficio, y se expresan algunas dudas en cuanto a que la empresa pueda responder a sus compromisos (contratos), de persistir ese desinterés que se observa en algunos de sus socios.

En algunos talleres se propuso la idea de constituir empresas de seguridad ciudadana como una salida a las necesidades laborales de los desmovilizados. Uno de los talleristas sugirió:

presentar un proyecto al Senado en que los desmovilizados y los milicianos podamos constituir empresas de seguridad ciudadana; de esa manera contribuimos a la cuestión laboral, a la cuestión de la vinculación con la comunidad; se solucionaría la cuestión de la seguridad comunitaria...

Difícilmente se podría hablar del desarrollo de la experiencia o los éxitos de la reinserción en una región como Urabá. Y más cuando la reinserción se volvió un polo activo dentro de la confrontación armada que se vive en la zona. Los proyectos económicos, específicos de la zona, proyectos con muy buenas perspectivas, ha sido imposible desarrollarlos, por los factores que han originado el posterior conflicto armado...

En Montería se pensaba que los dineros no iban a llegar a tiempo, que el proyecto no se iba a realizar, que posiblemente eran mentiras de las personas que estaban en la directiva de la organización. Se habló de que se hizo

una campaña para organizar la gente en grupo, para que no se presentara ese despelote que hubo con el M-19, cuando la gente cogió sus dos millones de pesos y se los echó al bolsillo y se los gastó de cualquier forma. Yo considero que el nivel académico de las personas influye mucho en esta situación. Son personas que no tienen un nivel académico con el cual puedan desarrollar la idea para llevar a cabo un proyecto.

Los proyectos no fueron aprobados de inmediato; la espera causó profundos traumas en los reinsertados. La falla estuvo desde las mismas negociaciones que se hicieron con el gobierno. Era preferible ser funcionario que empresario.

Existe entre los reinsertados una dureza crítica, cuando se reparten las culpas por los descalabros en los proyectos económicos. Por ejemplo, se sostiene que

todos los días la gente come y todos los días se viste. Entonces, yo creo que ahí está realmente el problema, la gente tenía unos proyectos económicos muy complejos para su desarrollo. Nosotros los reinsertados tenemos un 60% de culpa en el fracaso de los proyectos y el SENA tiene un 20%. El gobierno desembolsó la plata muy tarde, cuando dos millones de pesos ya no eran dos millones, al entregarlos se volvieron un millón y medio, ya no alcanzaba para la inversión que se había planteado. También hay parte de culpa del gobierno, también de las entidades asesoras, lo mismo que de nuestra dirigencia...

Se reconoce, en principio, que para los combatientes que no tuvieron el tiempo para recibir una educación en lo político y en lo militar, estar en el monte no significaba la entrega a un ideal y a un sueño de liberación:

Indisciplinados en el monte, indisciplinados en la vida civil. Cuando existía la disciplina militar se le hacía un poquito incómodo a uno. Incluso partiendo del mismo campamento, en el último mes, se vivió una cosa terrible, la disciplina se relajó, la gente pensó que él era "el dios chiquito" de la tierra y hoy nos damos de cuenta de que no era así. Ya unos han perdido el pelo, otros estamos varados, rebuscándonos la vida de diferentes maneras. En gran parte, la culpa la tiene la base, porque nosotros no nos hemos dejado dirigir. Yo digo que de ahí depende el fracaso o el éxito que hayan tenido las empresas...

No obstante, se dio un fenómeno curioso: algunos ex combatientes se adaptaron rápidamente a la vida civil, debido a sus prácticas delincuenciales:

Hubo gente que no hay que reinsertarla, ellos ya estaban reinsertados. Algunos que habían sido rateros y siguieron robando. Eran ladrones y siguieron robando en la guerrilla, regresaron a la vida civil y siguieron siendo ladrones; eso no hay que negarlo, aquí ni en ninguna parte, ésa ha sido la causa principal de ciertos descalabros de la reinserción. O sea, la base del combatiente no adquirió la formación que sí tuvieron los viejos guerrilleros...

Cuando se da la desmovilización, después de la famosa disolución del EPL en la Alianza Democrática, eso fue mortal; nunca más un desmovilizado asistió a las reuniones de Esperanza, Paz y Libertad. "De ahí en adelante olvídense de mí, no me hablen más de política": ésa fue la respuesta de muchos ex combatientes. Lógico que esa situación tuvo una nefasta influencia en el proceso de reinserción.

El responsable del proyecto Lechería Puerto Colombia, en Córdoba, de producción lechera y también ganadera, habló de la reinserción como un elemento aglutinante en el reencuentro familiar:

En primer lugar, el sentido familiar se recuperó, logramos estar más unidos, más compactos, sin estar pensando de que mañana me van a traer la razón de que "a aquel man" lo mataron ayer en un combate", o sea, que hemos integrado un poquito la familia... Yo le decía esto a los socios de la empresa: "están ganando mucha plata y tienen el cómo, el porqué vivir muy bien"; si no lo hacen es cosa de ellos, pero tienen dónde vivir, en qué vivir y dónde trabajar...

En el taller de Montería, se dijo, al calor de la discusión, quizás una fuerte reflexión en alta voz, que los desmovilizados no tenemos capacidad o mentalidad empresarial, somos egoístas e individualistas, nosotros los desmovilizados no tenemos sentido cooperativista. Las empresas las hemos quebrado porque todos nos preocupamos en cómo sacarle, cómo apuntarle al jornal que no he hecho, cómo trabajarle un rato y mamarle gallo al resto, pero olvidando que tengo ocho horas de trabajo. Mientras no trabajo, estoy pensando en cómo hacer el préstamo al gerente o al tesorero y no pagarlo. Es la situación que ha ido llevando a las empresas a fracasar, y fuera de que tenemos unos compañeros que son unos maleantes, que tratan de disolver, que tratan de desgastar, difamar a cada instante...

En cuanto al proyecto Lechería Puerto Colombia, un participante, emocionado, dijo lo siguiente:

La empresa que yo dirijo, la tengo en buen nivel, yo digo que estamos muy bien. Primero tenemos el capital de los 42 millones, los tenemos comple-ticos; fuera de eso, creo que hay una rentabilidad. Si mañana me dicen, "necesitamos los 40 millones de pesos que les entregamos", ahí los tenemos. Los terrenos son unas tierras que están relativamente organizadas, limpias, produciendo. Hemos sido capaces de sostenernos casi todos durante este tiempo. Es una riqueza inmensa, eso ha sido cumplir con nosotros mismos y con la gente que está a nuestro alrededor...

Finalmente, a ese proceso contradictorio de la reinserción económica, de éxitos y fracasos, se deben agregar procesos de desencanto y marginamiento de cualquier tipo de actividad social y política de una inmensa mayoría de ex combatientes, y a la vez, como un logro, la mayor madurez donde muchos ex combatientes se han reinsertado efectivamente a la sociedad, han redefinido sus proyectos personales de vida, muchos se han situado en visiones más realistas, han superado el desencanto y la desactivación del periodo inicial, y han vuelto a pensar en la necesidad de participar en la acción social, en distintos escenarios comunitarios.

Así también, los talleres regionales estimularon el reencuentro de los desmovilizados como grupo social, crearon una atmósfera de tolerancia en el tratamiento de sus contradicciones y discrepancias, y propiciaron un reacercamiento de los desmovilizados a Progresar, como institución aglutinante de ellos.

Como omisiones inquietantes en la política de reinserción, se pueden anotar dos aspectos: el bajo perfil, en términos de que la reinserción se ha hecho a espaldas de la sociedad, la cual no se siente aludida y tocada en sus responsabilidades. Con respecto a la voluntad de los estamentos oficiales nacionales de desarrollar una política eficaz de reinserción, se ha comprobado, en las visitas a las regiones, que tales políticas se desconocen por parte de los ejecutivos departamentales y municipales. No bastan las directivas presidenciales, que en muchas ocasiones se quedan en el papel. Tampoco se ha estimulado la vinculación del sector privado a tareas tan importantes como la generación de empleo, que podría ser una alternativa más razonable que la de tratar de convertir masivamente a los ex guerrilleros en microempresarios.

Una segunda omisión tiene que ver con el descuido de las facetas humanas y psicosociales de la reinserción, es el olvido que ha conducido a una visión economicista del proceso, como si la reinserción no tuviera nada que ver con el hombre mismo y con la reconstrucción consciente de su proyecto de vida.

Una de las conclusiones fundamentales de la investigación es que la reinserción debe mirarse como un eslabón decisivo de la política de paz y reconciliación nacional. Un proceso de paz no culmina con la desmovilización y la entrega de armas. Si el Estado y la sociedad no acompañan adecuadamente los desarrollos humanos posteriores a la dejación de armas, pueden sobrevenir fenómenos inconvenientes de deterioro y degradación del conflicto, susceptibles de revivir fenómenos históricos, tan conocidos, como el bandolerismo.

Referencias

Alape Arturo, "La negociación: historia de una imagen fotográfica", en La reinserción: los caminos entre la guerra y la paz, autores varios, Santafé de Bogotá, Fondo Editorial para la Paz, Fundación Progresar.

La paz, la violencia: testigos de excepción. Bogotá, Planeta Colombiana Editorial, 1985.

Comisión de Superación de la Violencia, Pacificar la paz. Lo que no se ha negociado en los Acuerdos de Paz, Santafé de Bogotá, Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, Cinep, 1992.

García Duran, Mauricio, Procesos de paz. De La Uribe a Tlaxcala, Santafé de Bogotá, Cinep, 1992.

Isaza, Cecilia, "La Fundación Progresar: un esfuerzo de paz en medio de la guerra", en La reinserción: los caminos entre la guerra y la paz, autores varios, Santafé de Bogotá, Fondo Editorial para la Paz, Fundación Progresar.

López de la Roche, Fabio, "El reencuentro del EPL con la sociedad", en Análisis: Documentos Ocasionales No 64, Bogotá, Cinep, abril de 1991.

Rojas O., Rodrigo, "Educación para la reinserción: mitos y realidades", en La reinserción: los caminos entre la guerra y la paz, autores varios, Santafé de Bogotá, Fondo Editorial para la Paz, Fundación Progresar.

Uribe, María Teresa, "La reinserción en Urabá, un proceso inconcluso", en lbid.

Villarraga, Alvaro y Plazas, Nelson, Para reconstruir los sueños: una historia del EPL, Santafé de Bogotá, Fondo Editorial para la Paz: Fundación Cultura Democrática, 1994.






[1] La investigación ampliada, con el título "La reinserción del EPL desde las regiones", fue financiada por el Programa Presidencial de Reinserción y por la Fundación Progresar. El equipo de investigación estuvo conformado por Arturo Alape, como investigador principal; Fabio López de la Roche, asesor socio-histórico; Cecilia Isaza, coordinadora, y Carolina Aldana, asistente. «« Volver

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